miércoles, 14 de diciembre de 2011

Un Susto Superado

Nunca nos valoramos, nosotros mismos ni sabemos de lo que somos capaces hasta que se nos presenta una ocasión crítica.
Jaime y Lola son un matrimonio de lo más normal, ya jubilados, dedicados toda su vida, él a su profesión de Funcionario del Estado y ella a la de ama de casa y a cuidar de sus ocho hijos sin que nada alterase su apacible vida.

Cuando ya los chicos se hicieron mayores pudieron permitirse coger cada domingo su coche e irse a recorrer los pueblos y los lugares interesantes de los alrededores y comer en cada ocasión donde se presentara. Un día, cercana ya la Navidad del año 1999, le tocó la visita a Los Baños de Mula, y después de corretear por todos los rincones de tan pintoresco lugar se disponían a entrar en el Mesón cuando se
encontraron a Pepe, un amigo de uno de sus hijos menores y como él un gran experto y aficionado al aeromodelismo. Todos se alegraron de verse pues Pepe y Gonzalo, el hijo del matrimonio, tenían una gran amistad. Después de un rato de charla, Pepe
insistió en que fueran a comer a su casa a lo que aceptaron gustosamente, y una vez allí, les presentó a Carmen su mujer. Allí improvisaron alegremente una comida para los cuatro y pasaron el rato tan amistosamente. La casa, en cuestión, era lo que hoy
llamaríamos un apartamento, una pequeña casa, de un pequeño grupo de casas pequeñas, antiguas, un poco restauradas y acondicionadas para pasar el fin de
semana, en resumen un lugar acogedor y agradable. 


Se componía de una pequeña entrada de no más de 6 mº2 a la que daban, la puerta de la calle, la del pequeño comedor, la de la diminuta cocina y una alacena cubierta con una cortina que colgaba desde el techo hasta rozar el suelo.

Mientras Carmen iba a la cocina a prepara el café, Pepe se dedicó a atizar el fuego de la chimenea, que estaba situada en el comedor justo al lado de la puerta de entrada y como no ardía bien sin pensar en el peligro que aquello suponía, cogió una botella del liquido sumamente inflamable, que tenía para los pequeños motores de los aviones que hacía y le echó un chorro al fuego.

Aquello fue visto y no visto, al tocar el fuego el liquido se prendió todo el chorro que salía hasta la botella, Pepe, presa de súbito pánico, la lanzo y al hacerlo le
cayó el liquido ardiendo encima de todo su lado derecho. La botella se había terminado de vaciar y ardía justo en el suelo delante de la puerta y Jaime atrapado dentro del comedor no podía hacer otra cosa que intentar apagar aquella barrera de fuego que le impedía salir, Carmen estaba petrificada en la puerta de la cocina con la cafetera en la mano y sin poder reaccionar viendo como la mitad de su marido ardía
como un bonzo.

Pepe, en su agitación, había ido a parar junto a la cortina de la alacena y en aquel momento, Lola que pasaba a la cocina para ayudar a Carmen, tuvo un acto reflejo, cogió una orilla de la tela con cada mano y envolvió a Pepe con ella y abrazándolo y a manotazos le apago el fuego, menos mal que debido a la gruesa ropa que llevaba no sufrió quemaduras más que en el pelo y en las manos, de las que por cierto aún le quedan las cicatrices.
Cuando aquel torbellino pasó salimos todos a la puerta a serenarnos y respirar un poco de aire fresco y entonces los vecinos y amigos que estaban plácidamente tomando el sol, acudieron a nosotros, pues no se habían dado cuenta de nada. Al enterarse de lo que pudo ser una tragedia, todos se interesaron por lo que había pasado… bueno, todos no, pues algunos siguieron jugando a la baraja tranquilamente. Nos tranquilizaron, nos dieron una tila y así terminó todo menos para Pepe que quedó realmente trastornado, y que tras la primera cura de urgencia que le hicimos allí mismo, lo trasladamos a un centro donde fue atendido debidamente y así terminó todo. Bueno, no termino así porque aquella vivencia, creó entre los dos matrimonios, antes solamente conocidos ya que los verdaderamente amigos eran Pepe y Gonzalo, creó como digo un gran afecto.
A veces cuando decimos…” Yo no consentiría esto…. Yo no podría hacer aquello…”, es porque no se nos ha presentado la necesidad. Nunca podremos saber de lo que somos capaces de hacer cuando hace falta. Nosotros mismos somos los que menos nos conocemos.

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