miércoles, 14 de diciembre de 2011

Sueños

 Una vez había una niña de cinco o seis años que su mayor sueño era que la raptasen una tribu de gitanos zíngaros nómadas de esos que viajan en sus carromatos con los chiquillos, un oso y el pandero.

Ella se veía entre ellos recorriendo los caminos vestida con su ligera blusa, la falda de colores larga hasta los pies descalzos, un pañuelo ciñéndole sus caderas y otro la cabeza, bordeados de grandes lentejuelas doradas y muchos collares. Se veía así caminando de día, de feria en feria y luego por la noche, durmiendo alrededor de un gran fuego sin más techo que las estrellas.
Ella soñaba eso, lo deseaba, pero luego venía la triste realidad y esta era que había que ponerse el feo uniforme coger los libros y acudir todos los días al colegio, de la mano de la tata, donde las monjitas muy cariñosas pero muy poco imaginativas le hacían aprenderse los verbos y la tabla de multiplicar. ¡Qué asco!

El tiempo fue pasando y la niña fue creciendo y convirtiéndose en una jovencita; entonces deseó subir en un globo, volar en el aeroplano del “Barón Rojo” y envidió a los que tenían el valor de lanzarse en paracaídas. Le producía claustrofobia pensar en en cerrarse en un gran avión, pero sin embargo le atraían las pequeñas avionetas descubiertas para volar azotándole el aire la cara sin más protección que un
pasamontañas, unas gafas y una bufanda que volaba y volaba…
Después descubrió a Julio Verne y su novela “La Vuelta al Mundo en Ochenta Días” se convirtió en su libro preferido alternándolo con Gustavo Adolfo Bécquer.

Siguió pasando el tiempo y la joven se convirtió en mujer, una prosaica, atareada y feliz esposa y madre, pero eso era sólo por fuera, porque aunque ni siquiera ella se daba cuenta, aunque adoraba a sus hijos y a su marido, en el fondo seguía siendo una soñadora.

Cuando bromeando a veces surgió el tema ella decía que con el único hombre que hubiese sido capaz de escaparse era Félix Rodríguez de la Fuente; le fascinaba su vida, su forma de entenderla y su amor por la Naturaleza. Debía ser maravilloso vivir de
aquella forma.
Jamás pisó una sala de Bingo porque pensaba que sería capaz de hacerse adicta, ni siquiera conducir su coche porque también sabía que le gustaría correr demasiado pero en cambio cuando iba con otra persona conduciendo, “su otro yo” no paraba de
pedirle que aminorase la velocidad.

Inexorablemente el tiempo siguió pasando y al fin llegó a viejecita pero cuando salía por la ciudad en el coche con su hija a hacer alguna gestión ella se quedaba dentro y decía.
- Nena, aparca en un sitio prohibido a ver si viene la grúa y sin darse cuenta de que estoy yo se lo lleva, sería divertidísimo viajar así remolcada y casi flotando, con sólo dos ruedas apenas rozando el suelo.
Pero nunca pasa de esto. ¡Qué aburrida es la vida normal! ¡Si no fuera por la imaginación! Por eso aquella niña de cinco años sigue añorando que la rapten los zíngaros.

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