viernes, 23 de diciembre de 2011

¡AQUELLOS VIAJES 2…..!

Otras de las anécdotas que me vienen a la memoria es de un día que teníamos que ir a la finca de mi padre en el coche de la línea de San Pedro de Pinatar, El Costa Azul, que tenía su sede la empresa que cubría el servicio, cerca de la plaza de toros y consistía en un garaje dentro de un enorme corralón cercado por cuatro tapias de ladrillos: había una garita con una mesa, un par de sillas que hacía las veces de oficina y también tenía un teléfono.

Pues bien, a las cuatro de la tarde nos subimos al coche, antes de salir nos advertían que nos garantizaban la hora de salida pero no la de llegada, puesto que no había ningún viaje en el que no hubiese algún percance y esto pasa siempre, aunque afortunadamente nunca ningún viajero sofrío el menor daño.
Aquellos coches eran los que habían podido reciclar de los despojos que quedaron después de la guerra que había terminado pocos años antes y si los motores eran una verdaderas “cafeteras” que cuando no se calentaban se le soltaba alguna pieza, las ruedas no aguantaban rodando ninguna más de 15 o 20 kilómetros.
Cuando nos pusimos en marcha conseguimos recorrer sin novedad unos 15 o 16 kilómetros pero cuando dejamos atrás el pueblo de Los Ramos  y la Vega de Murcia y entramos en terreno de campo en las Cañadas de San Pedro allí la carretea prácticamente desaparecía, convirtiéndose en una alfombra de piedras sueltas tanto que Enrique conductor del coche tuvo que sacarlo de ella y conducirlo o por lo menos intentarlo por medio del bancal; como aquello era imposible hacerlo él solo, paro, se bajo, y con la mayor tranquilidad dijo:
-¡Gente abajo, las viejas que se queden dentro, los chiquillos a correr, y los hombres mozos y mozas a empujar!
Todos nos aplicamos alegremente la tarea que le correspondía cada uno y de esa forma el intrépido Enrique consiguió recorrer aquel trozo larguísimo de aquel camino infernal, hasta que pudo meter otra vez el coche en lo que llamaban carretera.
Después de salvado el primer obstáculo continuamos el viaje y pasados unos 8 o 10 kilómetros otra vez todos al suelo; ahora había que cambiar una rueda, de las que llevaba 6 o 7 de repuesto, porque era inevitable que en cada viaje tuviese que repetir aquella operación varias veces.
Otra vez todos arriba a continuar el camino hasta que después de pasar el pueblo de Sucina, los viajeros que iban en los últimos asientos empezaron a notar que el techo lo tenían más cerca hasta que llego a rozarle la cabeza, dieron la voz de alarma y de nuevo todos al suelo; no pasaba ni más ni memos que como el coche llevaba en el techo un Baca o porta equipaje enorme , y en ella además de las ruedas de repuesto iban todos los bártulos de los viajeros y dos bancos en los que se sentaban los que no cabían dentro, con el peso se había desprendido de sus soportes y se venían abajo.
Como esto último ocurrió justo en el punto de la carretera del que salía el camino que conducía a nuestra casa, no sin cierto pudor tengo que reconocer que nosotros nos bajamos allí  y no sé a ciencia cierta cómo termino aquella odisea: creo que terminaron todos, ruedas, equipajes y viajeros dentro del coche “descapotado”. Por lo menos no se público ninguna notica que afirmase lo contrario.

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