miércoles, 14 de diciembre de 2011

¡AQUELLOS VIAJES…..!

Hoy me viene a la memoria aquello viajes, que hacíamos por los años 40: AQUELLOS ERAN VIAJES, digno de recordar.
Hoy te instalas en un cómodo asiento de un magnifico avión o un estupendo tren y enseguida la toman contigo para no dejarte en paz ni un momento.


Lo primero que llega es un linda azafata con un precioso uniforme ofreciéndote la copa de bienvenida enseguida te traen unas revista muy interesante buena para leerlas en tu casa  sentada ne tu sillón favorito después de cenar y no para impedirte recrearte en el paisaje que desfila pro tu ventanilla, ¿qué me importa a mí la descripción de Acapulco o de Petra si me hace perder la contemplación de los cañones del Miño, con el rio visible solo a trechos en el fondo de unos cortados de rocas, arboles, arbusto, flores, malea de los del sol próximo a su ocaso arranca unos colores en toda su escala de oros verdes, ocres,  malvas anaranjados,  que no hay paleta de pintor  capa de reproducir?

Al poco rato te traen un aperitivo insulso que no te apetece y a continuación vienen con la comida, varias cosas de distinto colores pero todas con el mismo sabor, luego te pregunta si quieres té o café y después si te apetece una copa, todo perfecto muy bien atendido pero cuando te vienes a dar cuenta a s llegado a tu destino a una velocidad vertiginosa sin enterarte si has cruzado el desfiladero de Despeña Perro que tantas ganas tenias de conoce o has atravesado la llanura castellana; total te has trasladado de un sitio a otro pero no has viajado.

Aquellos otros viajes vistos hoy se parecían enormemente a la de los colonizadores del lejano oeste americano; solo faltan los indios con plumas SE VIVIAN, SE DISFRUTABNA CON TODAS SUS INCOMODIDADES.
Recuerdo uno en el mes de diciembre del año 40.
Íbamos a  la finca del campo distante unos 50 kilómetros de Murcia ha hacer las tortas para la Navidad y la matanza del cerdo que nos habían estado criando los labradores desde el verano anterior.
Como de costumbre íbamos toda la familia, mis padres, mis tres hermanos, mi cuñado, mi sobrino, Carmen la insustituible niñera de toda la prole y como una más de la familia !ah y dos amigas! Pili y Elena con su inseparable guitarra quela toca con una gracia y una alegría capaz de levantar en peso la reunión más aburrida; en total once persona y la guitarra.

Teníamos que ir en el tren correo que pasaba por Murcia a las nueve aproximadamente y nos dejaba en la estación de Riquelme aproximadamente a las diez sino había ningún retraso donde nos estaría esperando un labrador de la finca, con un carro si no había sin ningún retraso-que era lo más probable- porque no se podía ni pensar en que toda aquella tribu nos pudiésemos perder  en la tartana que teníamos para nuestra salida.
Como es de suponer el volumen del equipaje era considerable, pues además de la ropa de abrigo que necesitaríamos para los cuatro o cinco días que pensábamos estar en el campo había que llevar viveras para esos días y los ingredientes necesarios para hacer las tortas, mantecados, cordiales, rollos y demás golosinas, menos mal que la harina, el aceite y la almendra, como se producían en la casa estaban allí y también llevábamos todo lo preciso para la matanza del cerdo, especias y demás ¡y dos sacos de cebolla para hacer las morcillas!
Bueno, además de todo esto también llevábamos una gran cesta de merienda y una bota de vino que alguien para llevar un bulto menos ato y reato a una pequeña silla huertana que mi madre se encapricho en compara para su primer nieto con lo cual cuando alguno quería empinarse al bota tenía que empinarse también la silla.
Afortunadamente cuando llegamos a la estación ya nos estaban esperando y aunque parezca mentira nos pudimos meter todos en el carro que ara eso habían traído el más grande.
Por fin ya estábamos todos instalados y gracias a los traqueteos que dábamos entre las piedras de los caminos cada vez nos encajábamos mejor unos con otros incluidos los bultos.
“Cuando ya acomodado” nos pusimos en marcha, Carmen destapo la cesta de la merienda y nos dedicamos a reponer fueras porque le piscolabis que habíamos tonado en el tren no se podía tener en cuenta y hasta que llegásemos a la finca nos faltaban once o doce kilómetros y tres o cuatro horas de viaje.

De esta guisa ente bocado y bocado trago de la bota-silla y aporreo de la guitarra cubrimos la ruta no sin que de vez en cuando alguien arto de codos y rodilla que se clavaban por todas partes se bajase para hacer un trecho de canino andando y así estirar las piernas y de paso coger laguna mata de tomillo y romero con que aromatizar la carne que llevábamos para asar cuando llegásemos a casa en las parrillas sobre los sarmiento y las brasas de leña de olivo.
Conociendo a los campesinos de aquel lugar no nos extraño demasiado que mucho antes que nosotros ya hubiese llegado al noticia; un mozo en su bicicleta la había propagado ¡vienen los señores de “Los Navarros” viene don Carlos y trae además de sus hijas a mas mozas! ¡y una guitarra!
Cuando bajamos de nuestro instrumento de tortura al cabo de seis o siete hora de viaje entre el tren y el carro lo primero que hicimos fue refrescarnos un poco y luego poner todo lo que habíamos traído cada cosa en su sitio y preparar las camas para la noche; mientras tanto mi padre había encendido las chimeneas de leña para calentar la casa y los quinqué de petróleo para tener luz.

Ya todo en orden nos fuimos al almazara a saludar a los labradores donde estaban haciendo el aceite faena a la que se dedicaban durante el mes de diciembre y antes de media hora sin temer al frio y a la noche ni la largo camino ya se habían presentado allí  cuatro o cinco vecinos de las fincas próximas que se habían enterado de que había llegado don Carlos con la familia y venían a saludarnos ¿era verdad que venía una moza que traía una guitarra?
Ni que decir tiene que durante los días  que estuvimos allí a los almazareros no les falto en las veladas ni la compañía ni la música porque la novedad corrió como la pólvora y cada noche acudían mas vecinos a pasar un rato y oír a Elena cantar y tocar la guitarra.

La faena de la almazara era realmente exigente puesto desde el primer día que entraban hasta que terminaban la molienda no podían salir ya que entre el fuego para mantener la caldera de agua hirviendo constantemente, los seis o siete hombres y las tres mulas, el recinto alcanzaba una temperatura de verdadera sauna y tanto los hombre como las mulas completamente acalorados no salían mas que los minutos indispensables para no coger frío, por lo tanto para ellos aquellos días fueron un solar y para nosotros una experiencia entrañable.
El día siguiente era el de la matanza con lo que al amanecer ya estaba el matachín con sus bártulos allí dispuesto al sacrificio y nosotras las mujeres apenas desmayábamos salimos corriendo lo más lejos posible para no oír la pobre bicho.
Al cabo de un rato volvíamos y ya nos dedicábamos a ayudar a hacer los embutidos; ya mi padre había mandado a un mozo con su bicicleta a San Pedro del Pinatar, a que llevase al veterinario una muestra de la carne para que las analizases ¡Y pobre del que se ocurriera probarlo antes de tener el visto bueno!

Los restantes días los dedicamos a hacer las Tortas de Pascuas, es decir tortas y demás zarandajas y después a empaquetar todo aquello para el viaje de vuelta y eso si que era una cosa seria pues además de la ropa que habíamos traído llevábamos el embutido del cerdo, un enorme cesto con las tortas, otro con los distintos rollos, una caja con los cordiales, otro con los mantecados, una lata con una roba de aceite, un cofín de higos secos, una cesta con un pavo, otra con dos gallinas, un cesta de huevos, la cesta de la merienda y la bota de vino ya sin la silla ¡y un gatito que le habían regalado a mi sobrino! ¡Total diecinueve bultos y la guitarra!

Después de embutir todo aquello en el carro salimos de la casa a las once de una mañana afortunadamente soleada aunque muy fría con la remota esperanza de poder coger un tren de mercancías  que llevaba un vagón de pasajeros y pasaba por la estación de Riquelme algunos días –sin seguridad de cuando- a las tres de la tarde; no hubo suerte y ese día no paso por lo que tuvimos que esperar hasta el tren correo que debería pasar a las nueve de la noche, como no había otro remedio nos armados de paciencia y de optimismo y entre visitas a la cesta de merienda y sacar al gatito de la caja donde iba para que se diese algún paseo se fue pasando el tiempo.

Con la llegada de la tarde se levanto un frio siberiano y a mi sobrino empezaron a dolerle los oídos entonces a falta de otra cosa mi hermana, con una bufanda, una aguja que yo me había encontrado en el suelo a punto de salir de casa y me había clavado en la solapa del abrigo y una hebra de hilo que se saco de la parte superior de la media le izo una capucha con lo cual se puso tan contento.
De vez en cuando le preguntábamos al jefe de estación como andaba el trafico por la de Cartagena y ya a última hora nos dijo que como eran días víspera de navidad el tren venia tan lleno que se habían quedado doscientos soldados que salían con permiso sin poder subir y que el mas que podía hacer era retrasar la salida ya que solo tenían dos minutos autorizados de parada pero que en lo demás nos teníamos que arreglar nosotros ocmo pudiéramos.

Cuando vimos aparecer la maquina resoplando y echando humo arrastrando unos vagones con plataforma en los dos extremos hasta esto iban llenos de gente pero como hace mas el que quiere que el que puede nos organizamos, “dimos la voz al ataque! Nos subimos todos, las once personas, los dieciocho  bultos el gato y al guitarra! Y allí en la plataforma hicimos el viaje hasta Murcia; eso sí aunque hubiésemos querido no nos podíamos caer, tan bien encajado íbamos y de esa forma llegamos felizmente.
No se puede negar que un viaje de esto te deja más huella que un crucero por el Mediterráneo.

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