viernes, 23 de diciembre de 2011

¡AQUELLOS VIAJES 4…..!

Otro día memorable fue uno a finales de los años cincuenta, en el mes de junio cuando íbamos a pasar el verano al campo, como siempre en el “Costa Azul”.

Nuestros viajes más frecuentes eran a la playa de Lo Pagan en verano para lo cual hacíamos el recorrido completo con todas sus consecuencias o a la finca del campo a 40 kilómetros de Murcia, y entonces nos bajamos del coche poco después de pasar el pueblo de Sucina en un punto de la carretera del que partía un camino hasta nuestra casa; como esta dictaba otros  kilómetros, cuando íbamos toda la familia con equipaje salía a esperarnos algún labrador con un carro, si solo iba lagunas persona mayores venia la tartana, peor cuando los que llegaban era gente joven, entonces como la faena de la trilla no se podía dejar había que emplear “EL COCHE DE SAN FERNANDO, UNOS RATOS A PIES Y OTROS ANDANDO”

En esta ocasión, como íbamos para pasar los tres meses de verano la familia entera llevábamos un montón de bultos, maletas y por si era poco una caja con dos pollitos que les habían regalado a mis hijos.

Cuándo habíamos recorrido los primeros 18 o 20 kilómetros que era lo que normalmente aguantaba el coche hasta pararse la primera vez, justo cuando se deja atrás La Vega del Segura, la ultima estribación de la Sierra de Columbrares y se entra en el terreno árido justo allí, en este tramo que parecía que era el preferido por el coche para romperse siempre la primera vez, pues eso se rompió, pero esta vez la avería fue as grave, puesto que se quebró un “palier” y eso si que se podía arreglar allí.
Como la cosa no tenía solución tuvimos que bajarnos todos los viajeros descargar los equipajes, armando de paciencia y esperar, puesto que no teníamos ni idea de lo que tardaríamos en poder continuar nuestro camino.

Manolo el ayudante de Enrique el conductor monto en su bicicleta que llevaba en previsión en estos casos y volvió a Murcia, a comunicar a la empresa que había pasado y pedir ayuda, y la solución que le dieron fue que tenía que esperar a que llegas ele coche, que hacia el servicio con Santomera “que solo dicta de Murcia 13 kilómetros” y tenía su llegada a las 9 e la tarde-noche y en ese venir a rescatarnos.

Mientras todo esto ocurría tuvimos tiempo de merendar, abrir una maleta para sacar laguna prenda de abrigo puesto que la tarde había refrescado y que los “peques” secasen a los pollos de la caja y corretear detrás de ellos.

Por fin, ya anochecido llego Manolo en el coche de auxilio y pudimos  volver a cargar los trastos en él  y continuar la ruta hasta llegar al cruce de caminos donde de costumbre nos estaba esperando Juanico el labrador impasible, con esa paciencia y filosofía propia de la gente del campo; él pensaba ¡ya llegara!

En efecto llegamos y otra vez vuelta  a cambiar el equipaje del coche al carro que al decir verdad era mucho más seguro y no mucho mas incomodo que los coches de aquellas fechas, y ya en el terminamos los 4 kilómetros que nos faltaban ara llegar a casa.
Cuando terminábamos un viaje de esto y pisábamos “tierra firme” nos faltaba poco para caer de rodillas y besar el suelo como hicieran en su día los antiguos descubridores.

¡ERAN LAS DOCE DE LA NOCHE Y HABÍAMOS SALIDO A LAS CUATRO DE LA TARDE!

Abuela Carola
Diciembre de 2011

¡AQUELLOS VIAJES 3…..!

En otra ocasión habíamos salido como siempre a las cuatro de la tarde en el coche de la empresa que cubría el servicio Murcia-San Pedro del Pinatar, pasando por Beniajan y Sucina “El Costa Azul” la única que había.
Como siempre el coche lo conducía l veterano Enrique acompañado de su ayudante Manolo, un joven decidido y dispuesto para lo que hiciera falta; la dotación del coche consistía como siempre de además de las 6 o 7 ruedas de repuesto un bicicleta para los casos de emergencia y botijo.

Cuando dejamos atrás la última estribación de la Sierra de Columbrares, el pueblo de los Ramos y perdimos de vista la Vega del Segura al entrar en terreno de secano el coche empezó a dar señales de no encontrarse bien peor fue aguantando hasta que al acercarnos a la Venta del Pocico se había calentado tanto el motor que dijo ¡Ya no va más! Y entonces Manolo se tuvo que subir encima del capo y con el botijo – que para eso lo llevaba- fue echándole agua al radiador para refrescarlo y así llegar hasta la venta, aunque la muchacho aquello no le iso gran mella puesto que estaba acostumbrado ya que eso ocurría con frecuencia.

Aquella venta era parada obligatoria puesto que servía para que el coche se refrescase, las viajeras que tenían menos aguante se perdiesen durante unos minutos detrás de los matorrales de lentiscos y palmitos para salir estirándose la falda y con la cara sonriente y relajada ¡qué alivio! Y mientras tanto el ventero se dedicaba a preparar sendos vasos de “Carios y Palomas”; los “canarios” eran un vaso lleno de agua fresca del botijo con un choro de jarabe de limón y las “palomas” un vaso con un chorro de anís lleno de agua fresca del botijo.

Después de refrescarnos todos los componentes de la expedición, viajeros, conductores y coches seguimos nuestro camino y salvo dos o tres paradas para cambiar alguna rueda no ocurrió nada más de reseñar.

 Fin del viaje, Abuela Carola

¡AQUELLOS VIAJES 2…..!

Otras de las anécdotas que me vienen a la memoria es de un día que teníamos que ir a la finca de mi padre en el coche de la línea de San Pedro de Pinatar, El Costa Azul, que tenía su sede la empresa que cubría el servicio, cerca de la plaza de toros y consistía en un garaje dentro de un enorme corralón cercado por cuatro tapias de ladrillos: había una garita con una mesa, un par de sillas que hacía las veces de oficina y también tenía un teléfono.

Pues bien, a las cuatro de la tarde nos subimos al coche, antes de salir nos advertían que nos garantizaban la hora de salida pero no la de llegada, puesto que no había ningún viaje en el que no hubiese algún percance y esto pasa siempre, aunque afortunadamente nunca ningún viajero sofrío el menor daño.
Aquellos coches eran los que habían podido reciclar de los despojos que quedaron después de la guerra que había terminado pocos años antes y si los motores eran una verdaderas “cafeteras” que cuando no se calentaban se le soltaba alguna pieza, las ruedas no aguantaban rodando ninguna más de 15 o 20 kilómetros.
Cuando nos pusimos en marcha conseguimos recorrer sin novedad unos 15 o 16 kilómetros pero cuando dejamos atrás el pueblo de Los Ramos  y la Vega de Murcia y entramos en terreno de campo en las Cañadas de San Pedro allí la carretea prácticamente desaparecía, convirtiéndose en una alfombra de piedras sueltas tanto que Enrique conductor del coche tuvo que sacarlo de ella y conducirlo o por lo menos intentarlo por medio del bancal; como aquello era imposible hacerlo él solo, paro, se bajo, y con la mayor tranquilidad dijo:
-¡Gente abajo, las viejas que se queden dentro, los chiquillos a correr, y los hombres mozos y mozas a empujar!
Todos nos aplicamos alegremente la tarea que le correspondía cada uno y de esa forma el intrépido Enrique consiguió recorrer aquel trozo larguísimo de aquel camino infernal, hasta que pudo meter otra vez el coche en lo que llamaban carretera.
Después de salvado el primer obstáculo continuamos el viaje y pasados unos 8 o 10 kilómetros otra vez todos al suelo; ahora había que cambiar una rueda, de las que llevaba 6 o 7 de repuesto, porque era inevitable que en cada viaje tuviese que repetir aquella operación varias veces.
Otra vez todos arriba a continuar el camino hasta que después de pasar el pueblo de Sucina, los viajeros que iban en los últimos asientos empezaron a notar que el techo lo tenían más cerca hasta que llego a rozarle la cabeza, dieron la voz de alarma y de nuevo todos al suelo; no pasaba ni más ni memos que como el coche llevaba en el techo un Baca o porta equipaje enorme , y en ella además de las ruedas de repuesto iban todos los bártulos de los viajeros y dos bancos en los que se sentaban los que no cabían dentro, con el peso se había desprendido de sus soportes y se venían abajo.
Como esto último ocurrió justo en el punto de la carretera del que salía el camino que conducía a nuestra casa, no sin cierto pudor tengo que reconocer que nosotros nos bajamos allí  y no sé a ciencia cierta cómo termino aquella odisea: creo que terminaron todos, ruedas, equipajes y viajeros dentro del coche “descapotado”. Por lo menos no se público ninguna notica que afirmase lo contrario.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

¡AQUELLOS VIAJES…..!

Hoy me viene a la memoria aquello viajes, que hacíamos por los años 40: AQUELLOS ERAN VIAJES, digno de recordar.
Hoy te instalas en un cómodo asiento de un magnifico avión o un estupendo tren y enseguida la toman contigo para no dejarte en paz ni un momento.


Lo primero que llega es un linda azafata con un precioso uniforme ofreciéndote la copa de bienvenida enseguida te traen unas revista muy interesante buena para leerlas en tu casa  sentada ne tu sillón favorito después de cenar y no para impedirte recrearte en el paisaje que desfila pro tu ventanilla, ¿qué me importa a mí la descripción de Acapulco o de Petra si me hace perder la contemplación de los cañones del Miño, con el rio visible solo a trechos en el fondo de unos cortados de rocas, arboles, arbusto, flores, malea de los del sol próximo a su ocaso arranca unos colores en toda su escala de oros verdes, ocres,  malvas anaranjados,  que no hay paleta de pintor  capa de reproducir?

Al poco rato te traen un aperitivo insulso que no te apetece y a continuación vienen con la comida, varias cosas de distinto colores pero todas con el mismo sabor, luego te pregunta si quieres té o café y después si te apetece una copa, todo perfecto muy bien atendido pero cuando te vienes a dar cuenta a s llegado a tu destino a una velocidad vertiginosa sin enterarte si has cruzado el desfiladero de Despeña Perro que tantas ganas tenias de conoce o has atravesado la llanura castellana; total te has trasladado de un sitio a otro pero no has viajado.

Aquellos otros viajes vistos hoy se parecían enormemente a la de los colonizadores del lejano oeste americano; solo faltan los indios con plumas SE VIVIAN, SE DISFRUTABNA CON TODAS SUS INCOMODIDADES.
Recuerdo uno en el mes de diciembre del año 40.
Íbamos a  la finca del campo distante unos 50 kilómetros de Murcia ha hacer las tortas para la Navidad y la matanza del cerdo que nos habían estado criando los labradores desde el verano anterior.
Como de costumbre íbamos toda la familia, mis padres, mis tres hermanos, mi cuñado, mi sobrino, Carmen la insustituible niñera de toda la prole y como una más de la familia !ah y dos amigas! Pili y Elena con su inseparable guitarra quela toca con una gracia y una alegría capaz de levantar en peso la reunión más aburrida; en total once persona y la guitarra.

Teníamos que ir en el tren correo que pasaba por Murcia a las nueve aproximadamente y nos dejaba en la estación de Riquelme aproximadamente a las diez sino había ningún retraso donde nos estaría esperando un labrador de la finca, con un carro si no había sin ningún retraso-que era lo más probable- porque no se podía ni pensar en que toda aquella tribu nos pudiésemos perder  en la tartana que teníamos para nuestra salida.
Como es de suponer el volumen del equipaje era considerable, pues además de la ropa de abrigo que necesitaríamos para los cuatro o cinco días que pensábamos estar en el campo había que llevar viveras para esos días y los ingredientes necesarios para hacer las tortas, mantecados, cordiales, rollos y demás golosinas, menos mal que la harina, el aceite y la almendra, como se producían en la casa estaban allí y también llevábamos todo lo preciso para la matanza del cerdo, especias y demás ¡y dos sacos de cebolla para hacer las morcillas!
Bueno, además de todo esto también llevábamos una gran cesta de merienda y una bota de vino que alguien para llevar un bulto menos ato y reato a una pequeña silla huertana que mi madre se encapricho en compara para su primer nieto con lo cual cuando alguno quería empinarse al bota tenía que empinarse también la silla.
Afortunadamente cuando llegamos a la estación ya nos estaban esperando y aunque parezca mentira nos pudimos meter todos en el carro que ara eso habían traído el más grande.
Por fin ya estábamos todos instalados y gracias a los traqueteos que dábamos entre las piedras de los caminos cada vez nos encajábamos mejor unos con otros incluidos los bultos.
“Cuando ya acomodado” nos pusimos en marcha, Carmen destapo la cesta de la merienda y nos dedicamos a reponer fueras porque le piscolabis que habíamos tonado en el tren no se podía tener en cuenta y hasta que llegásemos a la finca nos faltaban once o doce kilómetros y tres o cuatro horas de viaje.

De esta guisa ente bocado y bocado trago de la bota-silla y aporreo de la guitarra cubrimos la ruta no sin que de vez en cuando alguien arto de codos y rodilla que se clavaban por todas partes se bajase para hacer un trecho de canino andando y así estirar las piernas y de paso coger laguna mata de tomillo y romero con que aromatizar la carne que llevábamos para asar cuando llegásemos a casa en las parrillas sobre los sarmiento y las brasas de leña de olivo.
Conociendo a los campesinos de aquel lugar no nos extraño demasiado que mucho antes que nosotros ya hubiese llegado al noticia; un mozo en su bicicleta la había propagado ¡vienen los señores de “Los Navarros” viene don Carlos y trae además de sus hijas a mas mozas! ¡y una guitarra!
Cuando bajamos de nuestro instrumento de tortura al cabo de seis o siete hora de viaje entre el tren y el carro lo primero que hicimos fue refrescarnos un poco y luego poner todo lo que habíamos traído cada cosa en su sitio y preparar las camas para la noche; mientras tanto mi padre había encendido las chimeneas de leña para calentar la casa y los quinqué de petróleo para tener luz.

Ya todo en orden nos fuimos al almazara a saludar a los labradores donde estaban haciendo el aceite faena a la que se dedicaban durante el mes de diciembre y antes de media hora sin temer al frio y a la noche ni la largo camino ya se habían presentado allí  cuatro o cinco vecinos de las fincas próximas que se habían enterado de que había llegado don Carlos con la familia y venían a saludarnos ¿era verdad que venía una moza que traía una guitarra?
Ni que decir tiene que durante los días  que estuvimos allí a los almazareros no les falto en las veladas ni la compañía ni la música porque la novedad corrió como la pólvora y cada noche acudían mas vecinos a pasar un rato y oír a Elena cantar y tocar la guitarra.

La faena de la almazara era realmente exigente puesto desde el primer día que entraban hasta que terminaban la molienda no podían salir ya que entre el fuego para mantener la caldera de agua hirviendo constantemente, los seis o siete hombres y las tres mulas, el recinto alcanzaba una temperatura de verdadera sauna y tanto los hombre como las mulas completamente acalorados no salían mas que los minutos indispensables para no coger frío, por lo tanto para ellos aquellos días fueron un solar y para nosotros una experiencia entrañable.
El día siguiente era el de la matanza con lo que al amanecer ya estaba el matachín con sus bártulos allí dispuesto al sacrificio y nosotras las mujeres apenas desmayábamos salimos corriendo lo más lejos posible para no oír la pobre bicho.
Al cabo de un rato volvíamos y ya nos dedicábamos a ayudar a hacer los embutidos; ya mi padre había mandado a un mozo con su bicicleta a San Pedro del Pinatar, a que llevase al veterinario una muestra de la carne para que las analizases ¡Y pobre del que se ocurriera probarlo antes de tener el visto bueno!

Los restantes días los dedicamos a hacer las Tortas de Pascuas, es decir tortas y demás zarandajas y después a empaquetar todo aquello para el viaje de vuelta y eso si que era una cosa seria pues además de la ropa que habíamos traído llevábamos el embutido del cerdo, un enorme cesto con las tortas, otro con los distintos rollos, una caja con los cordiales, otro con los mantecados, una lata con una roba de aceite, un cofín de higos secos, una cesta con un pavo, otra con dos gallinas, un cesta de huevos, la cesta de la merienda y la bota de vino ya sin la silla ¡y un gatito que le habían regalado a mi sobrino! ¡Total diecinueve bultos y la guitarra!

Después de embutir todo aquello en el carro salimos de la casa a las once de una mañana afortunadamente soleada aunque muy fría con la remota esperanza de poder coger un tren de mercancías  que llevaba un vagón de pasajeros y pasaba por la estación de Riquelme algunos días –sin seguridad de cuando- a las tres de la tarde; no hubo suerte y ese día no paso por lo que tuvimos que esperar hasta el tren correo que debería pasar a las nueve de la noche, como no había otro remedio nos armados de paciencia y de optimismo y entre visitas a la cesta de merienda y sacar al gatito de la caja donde iba para que se diese algún paseo se fue pasando el tiempo.

Con la llegada de la tarde se levanto un frio siberiano y a mi sobrino empezaron a dolerle los oídos entonces a falta de otra cosa mi hermana, con una bufanda, una aguja que yo me había encontrado en el suelo a punto de salir de casa y me había clavado en la solapa del abrigo y una hebra de hilo que se saco de la parte superior de la media le izo una capucha con lo cual se puso tan contento.
De vez en cuando le preguntábamos al jefe de estación como andaba el trafico por la de Cartagena y ya a última hora nos dijo que como eran días víspera de navidad el tren venia tan lleno que se habían quedado doscientos soldados que salían con permiso sin poder subir y que el mas que podía hacer era retrasar la salida ya que solo tenían dos minutos autorizados de parada pero que en lo demás nos teníamos que arreglar nosotros ocmo pudiéramos.

Cuando vimos aparecer la maquina resoplando y echando humo arrastrando unos vagones con plataforma en los dos extremos hasta esto iban llenos de gente pero como hace mas el que quiere que el que puede nos organizamos, “dimos la voz al ataque! Nos subimos todos, las once personas, los dieciocho  bultos el gato y al guitarra! Y allí en la plataforma hicimos el viaje hasta Murcia; eso sí aunque hubiésemos querido no nos podíamos caer, tan bien encajado íbamos y de esa forma llegamos felizmente.
No se puede negar que un viaje de esto te deja más huella que un crucero por el Mediterráneo.

Un Susto Superado

Nunca nos valoramos, nosotros mismos ni sabemos de lo que somos capaces hasta que se nos presenta una ocasión crítica.
Jaime y Lola son un matrimonio de lo más normal, ya jubilados, dedicados toda su vida, él a su profesión de Funcionario del Estado y ella a la de ama de casa y a cuidar de sus ocho hijos sin que nada alterase su apacible vida.

Cuando ya los chicos se hicieron mayores pudieron permitirse coger cada domingo su coche e irse a recorrer los pueblos y los lugares interesantes de los alrededores y comer en cada ocasión donde se presentara. Un día, cercana ya la Navidad del año 1999, le tocó la visita a Los Baños de Mula, y después de corretear por todos los rincones de tan pintoresco lugar se disponían a entrar en el Mesón cuando se
encontraron a Pepe, un amigo de uno de sus hijos menores y como él un gran experto y aficionado al aeromodelismo. Todos se alegraron de verse pues Pepe y Gonzalo, el hijo del matrimonio, tenían una gran amistad. Después de un rato de charla, Pepe
insistió en que fueran a comer a su casa a lo que aceptaron gustosamente, y una vez allí, les presentó a Carmen su mujer. Allí improvisaron alegremente una comida para los cuatro y pasaron el rato tan amistosamente. La casa, en cuestión, era lo que hoy
llamaríamos un apartamento, una pequeña casa, de un pequeño grupo de casas pequeñas, antiguas, un poco restauradas y acondicionadas para pasar el fin de
semana, en resumen un lugar acogedor y agradable. 


Se componía de una pequeña entrada de no más de 6 mº2 a la que daban, la puerta de la calle, la del pequeño comedor, la de la diminuta cocina y una alacena cubierta con una cortina que colgaba desde el techo hasta rozar el suelo.

Mientras Carmen iba a la cocina a prepara el café, Pepe se dedicó a atizar el fuego de la chimenea, que estaba situada en el comedor justo al lado de la puerta de entrada y como no ardía bien sin pensar en el peligro que aquello suponía, cogió una botella del liquido sumamente inflamable, que tenía para los pequeños motores de los aviones que hacía y le echó un chorro al fuego.

Aquello fue visto y no visto, al tocar el fuego el liquido se prendió todo el chorro que salía hasta la botella, Pepe, presa de súbito pánico, la lanzo y al hacerlo le
cayó el liquido ardiendo encima de todo su lado derecho. La botella se había terminado de vaciar y ardía justo en el suelo delante de la puerta y Jaime atrapado dentro del comedor no podía hacer otra cosa que intentar apagar aquella barrera de fuego que le impedía salir, Carmen estaba petrificada en la puerta de la cocina con la cafetera en la mano y sin poder reaccionar viendo como la mitad de su marido ardía
como un bonzo.

Pepe, en su agitación, había ido a parar junto a la cortina de la alacena y en aquel momento, Lola que pasaba a la cocina para ayudar a Carmen, tuvo un acto reflejo, cogió una orilla de la tela con cada mano y envolvió a Pepe con ella y abrazándolo y a manotazos le apago el fuego, menos mal que debido a la gruesa ropa que llevaba no sufrió quemaduras más que en el pelo y en las manos, de las que por cierto aún le quedan las cicatrices.
Cuando aquel torbellino pasó salimos todos a la puerta a serenarnos y respirar un poco de aire fresco y entonces los vecinos y amigos que estaban plácidamente tomando el sol, acudieron a nosotros, pues no se habían dado cuenta de nada. Al enterarse de lo que pudo ser una tragedia, todos se interesaron por lo que había pasado… bueno, todos no, pues algunos siguieron jugando a la baraja tranquilamente. Nos tranquilizaron, nos dieron una tila y así terminó todo menos para Pepe que quedó realmente trastornado, y que tras la primera cura de urgencia que le hicimos allí mismo, lo trasladamos a un centro donde fue atendido debidamente y así terminó todo. Bueno, no termino así porque aquella vivencia, creó entre los dos matrimonios, antes solamente conocidos ya que los verdaderamente amigos eran Pepe y Gonzalo, creó como digo un gran afecto.
A veces cuando decimos…” Yo no consentiría esto…. Yo no podría hacer aquello…”, es porque no se nos ha presentado la necesidad. Nunca podremos saber de lo que somos capaces de hacer cuando hace falta. Nosotros mismos somos los que menos nos conocemos.

La Ranita Verde



A mi hija Maruca por sí le recuerda algo.



Había una niña que tenía un bonito pelo rubio y rizad y protestaba todos los días cundo su mamá la tenía que peinar porque como se le enredaba decía que le daba tirones y le hacía daño.
-¡Mamá que me “tilas tilones”!
Un día su mamá le dijo
-Ven te peinaré en el jardín al lao del arroyuelo y te contare un cuento.
-Si mamá si, cuéntame el de la Ranita Verde.
-Bien, dijo la mamá, ahí va.

Erase que se era una niña como tú a la que su mamá la estaba peinando en el jardín de su casa junto a un riachuelo cuando vio entre las piedra de la orilla saltando alegremente de una a otra había una ranita verde que se pasaba todo el rato que ella estaba allí.

Todos los días la ranita verde acudía con sus salto, hasta que al cabo de una semana después de saltar se quedo quieta sentada sobre una piedra con sus ancas dobladas dispuesta a saltar nuevamente pero mirándola fijamente con sus ojos redondos y saltones.

La niña al principio no le izo mucho caso pero cuando en los días siguientes siempre la veía allí sentada sin saltar mirándola fijamente le pareció que la encontraba un poco triste y como queriéndole decir algo, entonces en un impulso alargo la mano para cogerla pero en aquel momento desde la mata de la orilla rápidamente salto un feo y peludo sapo hacia ella la rana dio un tremendo salto y desapareció.
En los días siguientes la niña siempre veía a la ranita quieta, mirándolo con sus ojos saltones y tristes y al feo sapo acechando entre las matas y como sentía mucha pena por ella y quería saber la causa de su tristeza rápida como un relámpago alargo la mano y antes del que el sapo las atacase la cogió la acaricio y le dio un beso.

Al momento la rana se convirtió en un apuesto príncipe vestido de brocado de oro y verde que le dijo que el feo sapo era un malvado brujo que en venganza e no querer casarse con su hija lo había encantado a ser rana hasta, que alguna bondadosa joven se apiadase de él, viéndole como rana y el diese un beso con lo que rompería el hechizo.
-Tú me has salvado, ¿quieres casarte conmigo? ¿Me quieres?
-¡Claro que te quiero! Si ya te quería cuando eras rana.
Se casaron y fueron muy felices y cuando ya eran reyes tuvieron siete preciosas princesitas a cual  más bella; todas tenían los ojos del color de un caramelo de miel y el cabello como el cobre bruñido cuando el sol arranca reflejos de él.

 La noticia de las siete bellas princesa corrió por todos los reinos vecinos y lejanos y todos ellos vinieron príncipes y nobles caballeros deseosos de conocerlas y de poder casarse con alguna de ellas, pues ya estaban artos de bellas princesas de largas trenzas rubias ojos azules y coronas de oro.
A las princesitas sus hada madrinas al nacer les habían dado  cada una, una corona entre tejida de algas y musgos verdes y los nombres de: Marisol, Marimar, Aurora, Rocío, Nieves, Alba y Estrella y realmente eran tan bellas como sus nombres indicaban.

Para celebrar las bodas se organizaron, Torneos, Justas y Grandes Fiestas, para el pueblo con Juglares, Músicos, Titiriteros y Grandes mesas llenas de manjares para todos y cuando llego el momento de las bodas había que ver la comitiva que los acompañaba y a las princesas con sus esposos formando un procesión realmente maravillosa.

Todas llevaban un traje de seda azul como el cielo y un manto cada una de un color de los del arcoíris y sosteniendo sus cabellos que caían como una cascad de fuego pálido su corona de algas y musgos vedes. No se podía ver nada más hermoso.

Se casaron y vivieron felices y como había tanta gente comieron muchas, muchas, muchas perdices.
Y colorín colorado el cuento de la ranita vede se ha terminado.



Los Gnomos Existen

Pelayo era un niño que tenía una duda; él creía que existían los Gnomos, pero sus amigos, una pandilla de niños mayores, le decían que no, que eso eran tonterías que solo creían los críos pequeños; lo que ellos no sabían era que los tontos son los que, lo mismo si son pequeños que si son mayores, no saben ver las cosas bonitas que te brinda la fantasía.2
-¡Que sí, que sí!, les decía Pelayo, que yo se que habitan en los bosques.
-¡Que no, que no!, le contestaban, Mira, si quieres, una noche nos escapamos y vamos al bosque a ver si los sorprendemos.


Al fin una noche se decidieron y se escaparon de casa con todo cuidado camino del bosque, pero al salir del pueblo y en las últimas casas les salió al encuentro un enorme perro ladrando que les dio un susto tremendo; fue tal el pánico, que si en llegar hasta donde estaban habían tardado media hora, en regresar a sus casas y meterse en la cama no tardaron ni cinco minutos.


Al día siguiente al salir del colegio comentaron la aventura, pero era tal el miedo que habían pasado que no querían ni siquiera pensar en los Gnomos. Pero como todo se va pasando, así como se les borraba la impresión les iba entrando otra vez el deseo de volver a intentarlo y así otra noche emprendieron la aventura.
De nuevo esperaron a que toda la familia estuviese durmiendo para poder salir sin que los vieran, pero no habían tenido en cuenta que era una noche muy oscura y tormentosa. Ellos con la emoción no se daban cuenta de nada y solo tenían una idea fija, llegar al bosque, pero cuando ya les faltaba poco de pronto relámpago seguido de un formidable trueno y empezó a llover a raudales de tal forma que en un momento quedaron todos calados como una sopa. Otra vez a salir corriendo a casa y esta ve antes de acostarse tuvieron que extender la ropa pidiendo a Dios que se secase antes de que mamá se levantase y preguntara qué había pasado.


Los amigos de Pelayo después de tantos fracasos se habían desanimado, pero él tenía que resolver su duda, de forma que decidió que lo mejor era acudir a su abuela porque sabía que ella no lo iba a engañar, así que al día siguiente fue a buscarla y le preguntó:
-Abuela, ¿existen los Gnomos?
-Claro que existen. Le contestó su abuela sorprendida. ¿Por qué me preguntas eso?
-Porque mis amigos me dicen que no, pero yo se que tu no me vas a mentir
A lo que la abuela le contestó:
-Mira, los Gnomos sí existen, y aunque muchas veces no se puedan ver con los ojos de la cara, sí se pueden ver con los ojos de la imaginación. Son unos personajes pequeñitos, regordetes, alegres y juguetones, pero a la vez, muy tímidos; no les gusta
que los vean las personas y solo salen de noche, les encanta bailar y sobre todo haciendo corro, a la luz de la luna. Van vestidos con unos anchos calzones y unas
chaquetas de vivos colores que se ciñen con un cinturón con una grande hebilla de plata, en la cabeza llevan un gorro puntiagudo igual que los zapatos que tienen una punta muy fina y vuelta hacia arriba, las orejas también son un poco puntiagudas y lucen una gran barba blanca que les llega casi hasta los pies de la que están orgullosísimos. Viven en los troncos huecos de los viejos árboles de los bosques y en profundas cavernas en las que guardan tesoros fabulosos.


Son buenos y felices y amigos de los animalitos del bosque y se alimentas de las bayas y frutas silvestres.
También en los bosques viven las Hadas, sus compañeras y amigas, y estas son preciosas. Sus cuerpos son pequeñitos y delgados y algunas tienen unas alas como las de las libélulas y otras como las de las mariposas y son tan finas y transparentes como
si estuviesen tejidas con hilos de luna y gotas de rocío y al volar producen un susurro como el silbo de la brisa entre los juncos. Sus vestidos están hechos con pétalos de azucenas y de rosas, sus piés van descalzos y sus cabellos son como rayos de sol

rodeando sus caritas que parecen perlas color de rosa.


Lo que más les gusta es salir al bosque a bailar en las noches de Luna Llena, pero no todo el mundo tiene la suerte de poderlas ver, esto solo lo consiguen los que tienen fe, imaginación y fantasía y un corazón puro. Si tú consigues esas cuatro cosas las podrás ver, lo mismo ahora que cuando llegues a viejo, pero tienes que tener mucho cuidado de no perderlas porque eso es tu mayor tesoro y si tú no te dejas nadie te lo podrá
robar y con él podrás disfrutar de todos los momentos felices que quieras.


Cuando seas mayor entenderás todo esto mejor que ahora.
Con esta explicación de su abuela, Pelayo se marchó a casa seguro y feliz. Ya no le importaría más lo que le dijeran sus amigos.




(Dedicado a mi nieto Carlos Millán Escolano)

Sueños

 Una vez había una niña de cinco o seis años que su mayor sueño era que la raptasen una tribu de gitanos zíngaros nómadas de esos que viajan en sus carromatos con los chiquillos, un oso y el pandero.

Ella se veía entre ellos recorriendo los caminos vestida con su ligera blusa, la falda de colores larga hasta los pies descalzos, un pañuelo ciñéndole sus caderas y otro la cabeza, bordeados de grandes lentejuelas doradas y muchos collares. Se veía así caminando de día, de feria en feria y luego por la noche, durmiendo alrededor de un gran fuego sin más techo que las estrellas.
Ella soñaba eso, lo deseaba, pero luego venía la triste realidad y esta era que había que ponerse el feo uniforme coger los libros y acudir todos los días al colegio, de la mano de la tata, donde las monjitas muy cariñosas pero muy poco imaginativas le hacían aprenderse los verbos y la tabla de multiplicar. ¡Qué asco!

El tiempo fue pasando y la niña fue creciendo y convirtiéndose en una jovencita; entonces deseó subir en un globo, volar en el aeroplano del “Barón Rojo” y envidió a los que tenían el valor de lanzarse en paracaídas. Le producía claustrofobia pensar en en cerrarse en un gran avión, pero sin embargo le atraían las pequeñas avionetas descubiertas para volar azotándole el aire la cara sin más protección que un
pasamontañas, unas gafas y una bufanda que volaba y volaba…
Después descubrió a Julio Verne y su novela “La Vuelta al Mundo en Ochenta Días” se convirtió en su libro preferido alternándolo con Gustavo Adolfo Bécquer.

Siguió pasando el tiempo y la joven se convirtió en mujer, una prosaica, atareada y feliz esposa y madre, pero eso era sólo por fuera, porque aunque ni siquiera ella se daba cuenta, aunque adoraba a sus hijos y a su marido, en el fondo seguía siendo una soñadora.

Cuando bromeando a veces surgió el tema ella decía que con el único hombre que hubiese sido capaz de escaparse era Félix Rodríguez de la Fuente; le fascinaba su vida, su forma de entenderla y su amor por la Naturaleza. Debía ser maravilloso vivir de
aquella forma.
Jamás pisó una sala de Bingo porque pensaba que sería capaz de hacerse adicta, ni siquiera conducir su coche porque también sabía que le gustaría correr demasiado pero en cambio cuando iba con otra persona conduciendo, “su otro yo” no paraba de
pedirle que aminorase la velocidad.

Inexorablemente el tiempo siguió pasando y al fin llegó a viejecita pero cuando salía por la ciudad en el coche con su hija a hacer alguna gestión ella se quedaba dentro y decía.
- Nena, aparca en un sitio prohibido a ver si viene la grúa y sin darse cuenta de que estoy yo se lo lleva, sería divertidísimo viajar así remolcada y casi flotando, con sólo dos ruedas apenas rozando el suelo.
Pero nunca pasa de esto. ¡Qué aburrida es la vida normal! ¡Si no fuera por la imaginación! Por eso aquella niña de cinco años sigue añorando que la rapten los zíngaros.

Un Paseo "Con Mala Pata"

Ana y sus tres hijos menores salieron hasta la verja despedir a papá que se iba, con todas las mañanas a la ciudad a su oficina. A mediodía volvería para recogerlos y al día siguiente que era domingo ya darían por terminadas las vacaciones de verano.
Eran las siete de una mañana fresca y luminosa de esas de los primeros días de septiembre y el campo estaba radiante invitando a pasear. Tanto Ana como los chicos adoraban el campo y los tres meses que pasaban en la finca todos los veranos se les hacían cortos y nunca encontraban el momento de volver a la rutina de la vida de la capital.

Cuando el coche del Álvaro, el padre, se había perdido de vista Ana les propuso a sus hijos:
-Chicos, ¿Queréis que nos demos un paseo para despedirnos del Campo…?

A los chavales les encantó la idea y allí que salieron los cuatro triscando por lomas y
cañadas disfrutando del paseo, sin prisas, puesto que Papá no llegaría hasta la hora de
comer y ya le había encargado ella que se trajes un pollo asado, que con una ensalada y unos fiambres, les ahorrarían el agobio de hacer la comida a última hora.
Todo iba perfectamente, Ana no cesaba de encargar a sus hijos que mirasen bien donde pisaban, cuando fue precisamente ella la que tropezó cayendo de rodillas sobre una piedra agudísima que la partió la rotula.
Cuando logró sobreponerse al dolor lo primero que hizo fue calmar a sus hijos, pues los pobres, con once años la mayor, Elisa, y cinco el más pequeño, Carlos, estaban asustadísimos viendo a su madre en el suelo sin poderse mover; lo segundo que hizo fue con la ayuda de sus hijos ponerse de pié y lo tercero quedar desolada al ver donde se encontraban. Habían caminado tan despreocupadamente que su casa se encontraba a mas de dos kilómetros y el caserío más cercano se adivinaba más lejos todavía, y en todo alrededor campo, campo y solo campo sin que se viese ni un alma viviente.
Ana comprendió que no tenía más remedio que enfrentarse a la situación y apoyándose en el hombro de Elisa como si fuese una muleta y en la cabeza de Eduardo, el mayor de los chicos, como en un bastón, emprendieron la dolorosa
marcha; el más pequeño bastante tenía con caminar al lado conteniendo a duras penas las lágrimas.

Por fin, tras más de dos horas de camino consiguieron llegar al caserío de no más  dieciséis o dieciocho casas y una tienda en la que además de estanco y correos, podías comprar desde un arado a una pastilla de chocolate o unas alpargatas y !Hasta el Pan!
Cuando los vieron llegar en aquel estado muchos vecinos acudieron y Manolo, el dueño de la tienda que estaba cargando su furgoneta para hacer su venta de víveres por aquellos parajes como todos los días, se ofreció inmediatamente para ir al pueblo vecino, donde estaba el teléfono más cercano, para llamar a Álvaro y avisarle de lo que pasaba, a lo que Ana se opuso.
-No, le dijo; Si le dices que venga porque me he caído y me he roto una pierna, va a pensar que me ha roto la cabeza; para eso tendría que hablar yo con él y contarle lo que ha pasado, y no me encuentro en condiciones de llegar hasta el pueblo y subir y bajar del coche, mejor será que me lleves directamente a mi casa y como él vendrá a mediodía ya se enterará cuando llegue.

El buen Manolo se aplicó de nuevo a vaciar la furgoneta de lo que más estorbaba para poder acomodar el ella una silla para Ana, pero lo malo fue que no sabía cómo arreglárselas para subirla al coche, hasta que ella zanjó la cuestión rápidamente y echándole los brazos al cuello le dijo:
-Manolo, cógeme en brazos y con mucho cuidado me dejas sobre la silla como si fuese una cesta de huevos. Y así lo hizo el hombre no sin manifestar una cierta turbación.
Ya en la casa, Ana lo rimero que hizo fue llamar a los críos y decirles:
-No os asustéis, aquí no pasa nada, ya veréis como todo se arregla, pero me tenéis que
ayudar sin poneros nerviosos ni llorar y hacer lo que yo os diga.
Lo primero que tenéis que hacer es poner unas patatas a cocer y nos olvidaremos de hacer la ensalada. Luego, de esa persiana de varetas que hay en el patio, cortad diez o doce tiras de medio metro de largas y traédmelas. Ahora traed una sábana y vamos a hacer tiras como vendas.

Después envolvieron las puntas de las varetas con un trozo de tela cada una para que no arañasen y cuando todo estuvo preparado les pidió que le trajesen una toalla con la que se envolvió la pierna desde el tobillo hasta medio muslo. A continuación fueron colocando entre todos las varetas alrededor sujetándolas con las vendas, y así a fuerza de vueltas formaron un entablillado que aquella pierna parecía "la Columna de Hércules". Ya resuelto el problema principal, que era la inmovilización de la rodilla Ana pensó que le quedaban muchas cosas por hacer; se estaba haciendo un vestido y le faltaba la última prueba para poderlo terminar y si no se lo probaba ahora ya no podría hacerlo pues estaba segura de que le esperaba una buena temporada de “reposo” obligado, de forma que con mucho cuidado para no hacer ningún movimiento en falso se lo probó, le hizo los retoques necesarios y lo guardó para terminarlo durante el tiempo que tendría que estar sin levantarse de un sillón.

Cuando al probarse se vio en el espejo pesó “que con aquellos pelos” no podría aguantar hasta que pudiese ir a la peluquería y decidió lavarse la cabeza y ponerse sus “rulos”, cosa que hizo, siempre ayudada por los chicos. Después tenía que salir a secarse el pelo al sol y así lo hizo, o por lo menos lo intentó, porque ese Sol que había amanecido tan radiante se le ocurrió esconderse tras unos pequeños y gordos nubarrones, las típicas nubes de verano, que volaban por el cielo y cada uno que pasaba dejaba caer un chaparrón quedando a continuación totalmente despejado.

Cuando aclaraba Ana, con mil fatigas, salía y cuando había conseguido franquear el escalón de la puerta, ya tenía otro chaparrón encima. Otra vez a entrar en la casa para volver a salir y así hasta tres veces que acabaron haciéndola desistir, Ella no podía luchar contra los elementos. Con todos estos avatares, ya Álvaro estaba a punto de llegar y Ana se apresuró a arreglarse, ya se la había secado el pelo y se había podido peinar; se acomodó en una mecedora cubriéndose la pierna vendada con un chal. Al poco rato llegó Álvaro con su pollo asado y ¡con un espejo que era la puerta de un armario en la baca del coche ¡ .Sin fijarse en lo insólito que era que su mujer se quedase sentada en la mecedora en vez de salir a ayudarle, la llamó.
-Nena, ven a echarme una mano con esto.
-Lo siento Álvaro, pero no puedo, me ha torcido un tobillo y me duele. Que te ayuden los chicos.

Entre los cuatro bajaron el espejo, cuando ya estaba fuera de peligro de caerse Álvaro se dirigió a su mujer extrañado de su actitud.
-Pero, ¿Cómo ha sido…que te ha pasado?
-Nada, que me he roto una “pata”
-¡Dios mío, y que vamos a hacer ahora!
-No te apures que ya está todo controlado. Mira lo primero es dar de comer a los críos después en vez de irnos mañana domingo, nos vamos esta tarde.
-¿A casa…?
-No, directamente al sanatorio, ¿a qué esperar?
Así lo hicieron y a media tarde instalaban comodante a Ana un su cama de la clínica. Al
enterarse la monjita de lo que había pasado les dijo:
- Pues miren, van a tener suerte, pues el médico que sale esta tarde de servicio y se va a pasar el domingo a la playa se ha quedado en nuestra capilla a oír misa y después pasará una ronda final de forma que la verá dentro de un rato.
En efecto, unos minutos después vino el médico y cuando vio el entablillado de la pierna de Ana preguntó:
- ¿Quién le ha hecho esta primera cura?
-Yo, le contesto ella.
- ¿Es que es usted médico?
-No
- ¿Cirujano?
-No
- ¿Acaso traumatólogo?
-No
- ¿Enfermera entonces..?-No
-Pues…¿Qué títulos tiene…que experiencia..?
- El título de ama de casa y la experiencia de haber criado ocho hijos.

El médico se la quedó mirando con una expresión un poco entre asombrada y admirada y quizás un poco divertida, cosa que a decir verdad a ella le produjo interiormente un cosquilleo de satisfacción.
-Pues le puedo decir, continuo el médico, que nunca he visto un entablillado realizado por alguien no profesional, tan bien hecho como este; yo mismo, el primero que puse, estaba mucho peor.
Después de estas palabras tan estimulantes pasó a reconocerla e inmovilizarle la pierna hasta dos días después, que ya bajada la inflamación procedieron a toda una serie de radiografías y “tejemanejes” para terminar poniéndole una funda de y eso desde el tobillo hasta lo más alto. ¡Ahora sí que parecía aquella pierna una columna de Hércules! Y así se pasó la pobre Ana cuarenta días, hasta que pasados estos le quitaron la escayola y al fin se sintió libre.

Datos personales