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viernes, 11 de diciembre de 2020

UN TROCITO DE PAPEL DE SEDA

 

 

Un trocito de papel de seda

Hoy he entrado en la mercería a comprar una bobina de hilo y me la han dado envuelta en un trocito de papel de seda.

Qué cosa tan simple. ¿Verdad? Pues bien, esa cosa tan simple me ha hecho ver lo maravillo de nuestro barrio. Vistabella.

Esa cosa tan simple como es que te hagan un paquetito con un trocito de papel de seda y mientras tanto cambies una palabra con el dueño de la tienda, nos interesemos mutuamente por la familia, los proyectos, la vida en fin de los demás, hace que nos sintamos más cercanos unos de otros. Todavía casi vivimos en un ambiente de camaradería como hace cincuenta años.

Cuando sales de Vistabella eso desaparece; En el momento en que dejas  atrás el Hospital Reina Sofía o la Plaza de Toros, la ciudad te engulle, y ya, dejas de ser tú para convertirte en un ciudadano más.

Allí, en el “Centro” no existe el papel de seda para hacer paquetes, ni tiendas con el dueño detrás del mostrador deseando atenderte; Allí hay “Grandes Almacenes” donde tú tienes que buscar lo que quieres y sí lo encuentras pasar por Caja, pagarlo y después te lo ponen en una bolsa de plástico, te lo entregan y a la calle. Todo absolutamente impersonal.

Yo no nací en Vistabella; Solo vivo aquí desde hace cincuenta años, pero tanto desde el día en que llegué como hasta hoy me encuentro en el barrio como pez en el agua.

Mi marido, yo y mis primeros seis hijos pertenecemos por nacimiento y bautismo a la Parroquia de San Lorenzo ya que, nacimos en la Calle de Alejandro Seiquer y Zambrana respetivamente, solo los dos menores pertenecen a la Parroquia Nuestra Señora de Fátima Patrona de este entrañable barrio, quiero decir con esto que tanto mi niñez como mi juventud lo viví en el “Centro” pero quizás por mi amor a la naturaleza y a los espacios abiertos me pasaba nueve meses del año esperando a que llegasen las vacaciones para poder irnos a la playa o al campo.

Cuando ya después de quince años de casada y viviendo con mis hijos en un piso, aunque este era muy grande y yo lo había diseñado a medida de mis gustos y mis necesidades, me encontraban como en una jaula o escaparate porque como la casa hacía esquina a dos calles y yo siempre tenía los balcones abiertos, a pesar de que a mí no me importaba que me viesen los vecinos, había ocasiones en que resultaba incómodo puesto que hasta para subirme las medias tenía que meterme en la cocina o el cuarto de baño y cerrar la puerta ya qué los balcones de la casa del otro lado de la calle estaban justo enfrente de los míos y era muy difícil la intimidad; Por esta razón, cuando a mi marido le ofrecieron un piso de los que estaban haciendo en Vistabella yo vi el cielo abierto.

Hoy, todavía cuando salgo por la mañana temprano y me cruzo con alguien por la calle nos saludamos con un “buenos días” aunque no nos conozcamos y eso me hace sentir bien, siento que formo parte de algo y que los demás están unidos a mí como una gran familia.

No hay duda de que no hay comparación posible con nuestro barrio. ¿Dónde está el sitio en el que cuando vas andando por cualquier calle vas oliendo a azahar y jazmines o a bollos, pan caliente y leña ardiendo en el horno? Todo sin que esto sea obstáculo para que dentro de nuestra casa de apariencia modesta por fuera, dentro tengamos todo los adelantos y comodidades de la era electrónica en que vivimos.

Recuerdo que cuando me vine a vivir aquí, al salir a mi terraza frente a mí, solo había huerta, la fábrica de “La Casera”, “Las Casas del cabezota” y donde ahora está la gasolinera una fuente publica de donde se surtían de agua los que en ellas vivían y una acequia que discurría por  lo que hoy es la acera del Palacio de Congreso, su aparcamiento y el “Recinto de las Peñas Huertanas”.

Por la orilla de aquella acequia todos los días pasaba un pastor- sin prisas- con sus ochos o diez ovejas que iban mordisqueando la hierba y las florecillas que crecían al frescor del agua y por las noches era una delicia oír cantar  a los grillos y croar a las ranas. Hoy por desgracia, eso ya no existe, -la acequia, el pastor, las ranas y los grillos- pero sigo teniendo la huerta, el olor a azahar y el sol que me entran hasta el fondo de mi casa, y el fresco viento de levante en verano que me hace soñar que estoy a la orilla del mar, y más a lo lejos todas nuestras sierras; Sierra Espuña, Carrascoy, La Fuensanta, La Cresta del Gallo, Columbares,  y ya más al norte, las sierras de Orihuela, Monteagudo con sus monumento al Corazón de Jesús y la sierra de Abanilla y Fortuna y todavía más a lo lejos se pueden ver las sierras del Carche y La Pila; Todas las sierras que rodean este hermoso valle que es nuestra Murcia con su Vega.

Aquí en Vistabella,  no solamente nos encontramos bien los vecinos de hecho  sino que todos los que vienen ya sean de paso, o a visitarnos se quedan encantados con el barrio, tan fresco en verano y soleado en invierno y no cesan e decir ¡Qué bien vivís aquí! ¡Qué paz, que tranquilidad! Esto ya no se encuentra en ninguna capital ni siquiera en la mayoría de los pueblos, aquí estáis como en una aldea pero a dos pasos de una gran ciudad.

Sólo siento que en este nuestro barrio que tiene cosas tan cómodas y entrañables como su paz, su poca circulación a motor, sus familias tomando el fresco a la puerta de sus casas en las noches de verano con las que cruzas unos saludos, su recogida Parroquia, sus Fiestas del Mes de Mayo en  honor a la Virgen de Fátima, sus bares con sus tapas y esas mesas únicas en su puerta para disfrutar de nuestro buen clima durante todo el año, su paseo por la orilla del rio bordeado de palmeras y naranjos, la Plaza de los Patos, ideal para que los chicos jueguen sin peligro mientras sus padres se relajan y se relacionan con sus vecinos, solo siento, digo que esta plaza que tenemos al final de la Calla de Luis Fonte Pagán en el entronque con la Avenida de Mayo no tenga un nombre como se merece y que para dar esa dirección tengamos que acudir a la de un bar ¿No sería bonito decir Plaza de las Palmeras? Porque si bien hubo que talar tres de las cuatro que en un principio había por culpa de una plaga, estas antes de morir ya dejaron sus sucesoras que junto con las dos adultas que se libraron forman un conjunto digno de tener en cuenta. Repito PLAZA DE LAS PALMERAS. ¿A  que suena bonito? ES LO UNICO QUE LE FALTA A VISTABELLA.

 

Relato de Carola.

sábado, 5 de diciembre de 2020

UNA NOCHE DE CUARENTENA MOVIDITA

 a

CUENTOS DE LA ABUELA  CAROLA

         UNA NOCHE DE MARZO MOVIDITA

Un resbalón,  cualquiera da una noche al bajar de la cama para ir a mear,

Se va la zapatilla, te das la gran culada, estampada como un sello y quedando horizontal.

Tendida sobre el suelo como una cucaracha, panza arriba, pateando, sin nada que agarrar y por mucho empeño que pones en tu esfuerzo, no encuentras la manera de poderte levantar.

Las losas están frías y tu camisón de seda y tirantitos que te empeñas en llevar como una “Bella Pulki” de setenta años atras, te sirve de bien poco para poderte abrigar

Por mucho que lo intentes resbalas y resbalas hasta que quedas tiesa sin poderlo evitar, al no poder moverte te armas de paciencia y empiezas a pensar

Estas en el suelo, preocupada, patiabierta, dolorida y sin saber de qué  forma empezar la partida.

Sobre todo cuidado, silencio, no hagas ruido, que en la habitación de al lado están los de tu familia dormidos

Y si llegan a despertar y se ven el panorama, para el resto de tu vida no te sueltan de la cama.

         Pero la mayor preocupación de todas es no coger frio, con el “Stradivarius”cosechando como está,  con un simple resfriado podía apuntarse un tanto más.

 Ahora no tienes más remedio que examinar y empezar a actuar

         Primero te repasas buscando un hueso roto y así compruebas pronto que no, ¡Y eso no es poco.!

         Que solo te has magullado el coxis, cadera y codo,  en el hombro un moratón y en “coco” un gran chichón, y ante esta coyuntura emprendes tú,  tu aventura.

         Empiezas la gran lucha buscando la postura para ver de que manera te puedes levantar, ensayas más posturas que tiene el Kama Sutra, y ni por esas, no hay modo, hay que buscar otro acomodo

         A fuerza de intentarlo, crees que lo has logrado, pero que te crees tú eso; otra vez has fracasado

         Contra el suelo con su frio y brillo, los huesos de los pies rodillas y tobillos rechinan como grillos.

         Pasa el tiempo, vueltas y más vueltas por fin ¡EUREKA! Lo has logrado, poniéndote a cuatro patas ¡casi te has levantado!

         Despacio, con calma, con mucha calma, poco a poco y trecho a trecho ¡Consigues al fin alcanzar tu lecho!

         Y todavía temblando del frio y del susto, en él te zambulles

                                     ¡QUE  GUSTO!

        

La Murta 15/4/2020La abuela Carola

        

        

 

Notas de la editorial:

Bella Pulki “ ...Cabaretera “ligerita” de los años 30 (Del argot de la familia)

“Stradivarius”…Nombre del virus más actual (Del argot particular de la Abuela)

  EUREKA  y

KAMA-SUTRA…   Voces “cultas” que todos conocéis y si no ¡LEED MAS!

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Un Susto Superado

                           UN  SUSTO  SUPERADO


Nunca nos valoramos, nosotros mismos ni sabemos de lo que somos capaces hasta que se nos presenta una ocasión crítica.
Jaime y Lola son un matrimonio de lo más normal, ya jubilados, dedicados toda su vida, él a su profesión de Funcionario del Estado y ella a la de ama de casa y a cuidar de sus ocho hijos sin que nada alterase su apacible vida.

Cuando ya los chicos se hicieron mayores pudieron permitirse coger cada domingo su coche e irse a recorrer los pueblos y los lugares interesantes de los alrededores y comer en cada ocasión donde se presentara. Un día, cercana ya la Navidad del año 1999, le tocó la visita a Los Baños de Mula, y después de corretear por todos los rincones de tan pintoresco lugar se disponían a entrar en el Mesón cuando se
encontraron a Pepe, un amigo de uno de sus hijos menores y como él un gran experto y aficionado al aeromodelismo. Todos se alegraron de verse pues Pepe y Gonzalo, el hijo del matrimonio, tenían una gran amistad. Después de un rato de charla, Pepe
insistió en que fueran a comer a su casa a lo que aceptaron gustosamente, y una vez allí, les presentó a Carmen su mujer. Allí improvisaron alegremente una comida para los cuatro y pasaron el rato tan amistosamente. La casa, en cuestión, era lo que hoy
llamaríamos un apartamento, una pequeña casa, de un pequeño grupo de casas pequeñas, antiguas, un poco restauradas y acondicionadas para pasar el fin de
semana, en resumen un lugar acogedor y agradable. 


Se componía de una pequeña entrada de no más de 6 mº2 a la que daban, la puerta de la calle, la del pequeño comedor, la de la diminuta cocina y una alacena cubierta con una cortina que colgaba desde el techo hasta rozar el suelo.

Mientras Carmen iba a la cocina a prepara el café, Pepe se dedicó a atizar el fuego de la chimenea, que estaba situada en el comedor justo al lado de la puerta de entrada y como no ardía bien sin pensar en el peligro que aquello suponía, cogió una botella del liquido sumamente inflamable, que tenía para los pequeños motores de los aviones que hacía y le echó un chorro al fuego.

Aquello fue visto y no visto, al tocar el fuego el liquido se prendió todo el chorro que salía hasta la botella, Pepe, presa de súbito pánico, la lanzo y al hacerlo le
cayó el liquido ardiendo encima de todo su lado derecho. La botella se había terminado de vaciar y ardía justo en el suelo delante de la puerta y Jaime atrapado dentro del comedor no podía hacer otra cosa que intentar apagar aquella barrera de fuego que le impedía salir, Carmen estaba petrificada en la puerta de la cocina con la cafetera en la mano y sin poder reaccionar viendo como la mitad de su marido ardía
como un bonzo.

Pepe, en su agitación, había ido a parar junto a la cortina de la alacena y en aquel momento, Lola que pasaba a la cocina para ayudar a Carmen, tuvo un acto reflejo, cogió una orilla de la tela con cada mano y envolvió a Pepe con ella y abrazándolo y a manotazos le apago el fuego, menos mal que debido a la gruesa ropa que llevaba no sufrió quemaduras más que en el pelo y en las manos, de las que por cierto aún le quedan las cicatrices.
Cuando aquel torbellino pasó salimos todos a la puerta a serenarnos y respirar un poco de aire fresco y entonces los vecinos y amigos que estaban plácidamente tomando el sol, acudieron a nosotros, pues no se habían dado cuenta de nada. Al enterarse de lo que pudo ser una tragedia, todos se interesaron por lo que había pasado… bueno, todos no, pues algunos siguieron jugando a la baraja tranquilamente. Nos tranquilizaron, nos dieron una tila y así terminó todo menos para Pepe que quedó realmente trastornado, y que tras la primera cura de urgencia que le hicimos allí mismo, lo trasladamos a un centro donde fue atendido debidamente y así terminó todo. Bueno, no termino así porque aquella vivencia, creó entre los dos matrimonios, antes solamente conocidos ya que los verdaderamente amigos eran Pepe y Gonzalo, creó como digo un gran afecto.
A veces cuando decimos…” Yo no consentiría esto…. Yo no podría hacer aquello…”, es porque no se nos ha presentado la necesidad. Nunca podremos saber de lo que somos capaces de hacer cuando hace falta. Nosotros mismos somos los que menos nos conocemos.


                    CAROLA

Un Paseo "Con Mala Pata"

Ana y sus tres hijos menores salieron hasta la verja despedir a papá que se iba, con todas las mañanas a la ciudad a su oficina. A mediodía volvería para recogerlos y al día siguiente que era domingo ya darían por terminadas las vacaciones de verano.
Eran las siete de una mañana fresca y luminosa de esas de los primeros días de septiembre y el campo estaba radiante invitando a pasear. Tanto Ana como los chicos adoraban el campo y los tres meses que pasaban en la finca todos los veranos se les hacían cortos y nunca encontraban el momento de volver a la rutina de la vida de la capital.

Cuando el coche del Álvaro, el padre, se había perdido de vista Ana les propuso a sus hijos:
-Chicos, ¿Queréis que nos demos un paseo para despedirnos del Campo…?

A los chavales les encantó la idea y allí que salieron los cuatro triscando por lomas y
cañadas disfrutando del paseo, sin prisas, puesto que Papá no llegaría hasta la hora de
comer y ya le había encargado ella que se trajes un pollo asado, que con una ensalada y unos fiambres, les ahorrarían el agobio de hacer la comida a última hora.
Todo iba perfectamente, Ana no cesaba de encargar a sus hijos que mirasen bien donde pisaban, cuando fue precisamente ella la que tropezó cayendo de rodillas sobre una piedra agudísima que la partió la rotula.
Cuando logró sobreponerse al dolor lo primero que hizo fue calmar a sus hijos, pues los pobres, con once años la mayor, Elisa, y cinco el más pequeño, Carlos, estaban asustadísimos viendo a su madre en el suelo sin poderse mover; lo segundo que hizo fue con la ayuda de sus hijos ponerse de pié y lo tercero quedar desolada al ver donde se encontraban. Habían caminado tan despreocupadamente que su casa se encontraba a mas de dos kilómetros y el caserío más cercano se adivinaba más lejos todavía, y en todo alrededor campo, campo y solo campo sin que se viese ni un alma viviente.
Ana comprendió que no tenía más remedio que enfrentarse a la situación y apoyándose en el hombro de Elisa como si fuese una muleta y en la cabeza de Eduardo, el mayor de los chicos, como en un bastón, emprendieron la dolorosa
marcha; el más pequeño bastante tenía con caminar al lado conteniendo a duras penas las lágrimas.

Por fin, tras más de dos horas de camino consiguieron llegar al caserío de no más  dieciséis o dieciocho casas y una tienda en la que además de estanco y correos, podías comprar desde un arado a una pastilla de chocolate o unas alpargatas y !Hasta el Pan!
Cuando los vieron llegar en aquel estado muchos vecinos acudieron y Manolo, el dueño de la tienda que estaba cargando su furgoneta para hacer su venta de víveres por aquellos parajes como todos los días, se ofreció inmediatamente para ir al pueblo vecino, donde estaba el teléfono más cercano, para llamar a Álvaro y avisarle de lo que pasaba, a lo que Ana se opuso.
-No, le dijo; Si le dices que venga porque me he caído y me he roto una pierna, va a pensar que me ha roto la cabeza; para eso tendría que hablar yo con él y contarle lo que ha pasado, y no me encuentro en condiciones de llegar hasta el pueblo y subir y bajar del coche, mejor será que me lleves directamente a mi casa y como él vendrá a mediodía ya se enterará cuando llegue.

El buen Manolo se aplicó de nuevo a vaciar la furgoneta de lo que más estorbaba para poder acomodar el ella una silla para Ana, pero lo malo fue que no sabía cómo arreglárselas para subirla al coche, hasta que ella zanjó la cuestión rápidamente y echándole los brazos al cuello le dijo:
-Manolo, cógeme en brazos y con mucho cuidado me dejas sobre la silla como si fuese una cesta de huevos. Y así lo hizo el hombre no sin manifestar una cierta turbación.
Ya en la casa, Ana lo rimero que hizo fue llamar a los críos y decirles:
-No os asustéis, aquí no pasa nada, ya veréis como todo se arregla, pero me tenéis que
ayudar sin poneros nerviosos ni llorar y hacer lo que yo os diga.
Lo primero que tenéis que hacer es poner unas patatas a cocer y nos olvidaremos de hacer la ensalada. Luego, de esa persiana de varetas que hay en el patio, cortad diez o doce tiras de medio metro de largas y traédmelas. Ahora traed una sábana y vamos a hacer tiras como vendas.

Después envolvieron las puntas de las varetas con un trozo de tela cada una para que no arañasen y cuando todo estuvo preparado les pidió que le trajesen una toalla con la que se envolvió la pierna desde el tobillo hasta medio muslo. A continuación fueron colocando entre todos las varetas alrededor sujetándolas con las vendas, y así a fuerza de vueltas formaron un entablillado que aquella pierna parecía "la Columna de Hércules". Ya resuelto el problema principal, que era la inmovilización de la rodilla Ana pensó que le quedaban muchas cosas por hacer; se estaba haciendo un vestido y le faltaba la última prueba para poderlo terminar y si no se lo probaba ahora ya no podría hacerlo pues estaba segura de que le esperaba una buena temporada de “reposo” obligado, de forma que con mucho cuidado para no hacer ningún movimiento en falso se lo probó, le hizo los retoques necesarios y lo guardó para terminarlo durante el tiempo que tendría que estar sin levantarse de un sillón.

Cuando al probarse se vio en el espejo pesó “que con aquellos pelos” no podría aguantar hasta que pudiese ir a la peluquería y decidió lavarse la cabeza y ponerse sus “rulos”, cosa que hizo, siempre ayudada por los chicos. Después tenía que salir a secarse el pelo al sol y así lo hizo, o por lo menos lo intentó, porque ese Sol que había amanecido tan radiante se le ocurrió esconderse tras unos pequeños y gordos nubarrones, las típicas nubes de verano, que volaban por el cielo y cada uno que pasaba dejaba caer un chaparrón quedando a continuación totalmente despejado.

Cuando aclaraba Ana, con mil fatigas, salía y cuando había conseguido franquear el escalón de la puerta, ya tenía otro chaparrón encima. Otra vez a entrar en la casa para volver a salir y así hasta tres veces que acabaron haciéndola desistir, Ella no podía luchar contra los elementos. Con todos estos avatares, ya Álvaro estaba a punto de llegar y Ana se apresuró a arreglarse, ya se la había secado el pelo y se había podido peinar; se acomodó en una mecedora cubriéndose la pierna vendada con un chal. Al poco rato llegó Álvaro con su pollo asado y ¡con un espejo que era la puerta de un armario en la baca del coche ¡ .Sin fijarse en lo insólito que era que su mujer se quedase sentada en la mecedora en vez de salir a ayudarle, la llamó.
-Nena, ven a echarme una mano con esto.
-Lo siento Álvaro, pero no puedo, me ha torcido un tobillo y me duele. Que te ayuden los chicos.

Entre los cuatro bajaron el espejo, cuando ya estaba fuera de peligro de caerse Álvaro se dirigió a su mujer extrañado de su actitud.
-Pero, ¿Cómo ha sido…que te ha pasado?
-Nada, que me he roto una “pata”
-¡Dios mío, y que vamos a hacer ahora!
-No te apures que ya está todo controlado. Mira lo primero es dar de comer a los críos después en vez de irnos mañana domingo, nos vamos esta tarde.
-¿A casa…?
-No, directamente al sanatorio, ¿a qué esperar?
Así lo hicieron y a media tarde instalaban comodante a Ana un su cama de la clínica. Al
enterarse la monjita de lo que había pasado les dijo:
- Pues miren, van a tener suerte, pues el médico que sale esta tarde de servicio y se va a pasar el domingo a la playa se ha quedado en nuestra capilla a oír misa y después pasará una ronda final de forma que la verá dentro de un rato.
En efecto, unos minutos después vino el médico y cuando vio el entablillado de la pierna de Ana preguntó:
- ¿Quién le ha hecho esta primera cura?
-Yo, le contesto ella.
- ¿Es que es usted médico?
-No
- ¿Cirujano?
-No
- ¿Acaso traumatólogo?
-No
- ¿Enfermera entonces..?-No
-Pues…¿Qué títulos tiene…que experiencia..?
- El título de ama de casa y la experiencia de haber criado ocho hijos.

El médico se la quedó mirando con una expresión un poco entre asombrada y admirada y quizás un poco divertida, cosa que a decir verdad a ella le produjo interiormente un cosquilleo de satisfacción.
-Pues le puedo decir, continuo el médico, que nunca he visto un entablillado realizado por alguien no profesional, tan bien hecho como este; yo mismo, el primero que puse, estaba mucho peor.
Después de estas palabras tan estimulantes pasó a reconocerla e inmovilizarle la pierna hasta dos días después, que ya bajada la inflamación procedieron a toda una serie de radiografías y “tejemanejes” para terminar poniéndole una funda de y eso desde el tobillo hasta lo más alto. ¡Ahora sí que parecía aquella pierna una columna de Hércules! Y así se pasó la pobre Ana cuarenta días, hasta que pasados estos le quitaron la escayola y al fin se sintió libre.

martes, 8 de febrero de 2011

BIENVENIDA JULIA


                                 BIENVENIDA JULIA   

        Saludo para mi nieta JULIA que acaba de tener su bebé
                            〰〰〰〰〰〰
Ya está aquí, como si no hubiera pasado el tiempo desde aquel día que Marta nos dijo "Voy a tener un bebé", es preciosa y pequeñita. ¿Será la próxima presidenta del Club de las Mayores?............Sólo el tiempo lo dirá.

Tu bisabuela y tus "timas" nos alegramos de que ya estés aquí. 

BIENVENIDA

LA CALA DE LA SIRENA (Cabo de Palos) 1960

¿Un cuento?...¿Un recuerdo?...tal vez ¿Un sueño?...

      Recuerdo una tarde del mes de abril de un año de la década de los sesenta. Habíamos ido a pasar el día en la playa, llevábamos la imprescindible cesta con la tortilla de patatas, los bocadillos, las botellas de cerveza y refresco para los chicos.
      Pasamos un dia maravilloso disfrutando de la luz, del mar, del sol y hasta del baño los críos mas atrevidos. Por la tarde empezó a soplar la brisa de levante , tan típica de nuestra zona, esa brisa que te acaricia como una mano de seda de uñas afiladas.
      Satisfechos ya de playa nos dedicamos a corretear por los montículos y acantilados de la costa y en una ladera descubrimos una pequeña cueva, lo que supuso para los chicos una experiencia memorable, pero el colmo de su excitación fue cuando vieron que del fondo de la cueva bajaba retorciéndose una tosca escalera tallada en la roca con unos escalones ásperos y a la vez resbaladizos que venían a desembocar en una minúscula cala.
     Aquella cala era de cuento, las conchas y los guijarros brillaban como gotas de rocío al bañarlos las olas, el mar tan azul, las crestas blancas de las pequeñas olas, alguna gaviota revoloteando y asomando por la izquierda el imponente faro de Cabo de Palos. Era maravilloso.
     Todos empezamos a fantasear, decíamos si aquella cala sería el escondite de algunos contrabandistas, si algún pirata habría escondido en ella un tesoro fabuloso, pero lo mas seguro eraque aquel lugar increíble fuera el escogido por una hermosa sirena para salir por la noche a contemplar la luna.

     Años después volví a pasar por aquel lugar. El montículo estaba cubierto de impersonales chalets, la cueva no la pude encontrar, pero me aferro a la idea de que desde el mar aún se podría divisar y que si pasara por allí en una noche de luna, vería en ella a mi sirena. Prefiero recordarla así.

                                                                                                                                            CAROLINA

lunes, 7 de febrero de 2011

Recuerdo de un día inolvidable único

     Son las siete de la mañana del veinte de marzo del año 1939, de pronto mi madre irrumpe en nuestra habitación gritando presa de una excitación y una alegría imposible de describir. ¡Nenas, nenas! Despertad, levantaos, ¡LA GUERRA HA TERMINADO!
    No nos lo podíamos creer, de repente, completamente despiertas salimos al balcón. Claramente en la limpia mañana se puede oír el brusco tañido de la “Nona” la campana mayor de la Catedral, y a continuación le sigue la “Águeda” y después la otra y la otra, y así todas sus compañeras.
    ¡Son las campanas de la Catedral las que repican! ¡Las que no oíamos desde que dejamos de ir al colegio! A continuación les contestan las de otra iglesia y después otras, y otras y así todas las que se libraron de que las fundieran para hacer cañones. Como si fueran una manada de polluelos que siguieran a su horonda  madre.
Toda la familia estamos que no acertamos con lo que tenemos que hacer; nerviosas, locas de alegría y lo único que se nos ocurre es salir a la calle a unirnos a todas las personas que el día antes nos veíamos como si no nos conociéramos y ahora nos abrazamos llorando y riendo rebosando alegría y cariño.
        Yo  me voy a buscar a mi amiga inseparable Adela, y las dos juntas corremos y saltamos como todos entre la multitud, riendo y abrazando a todas las amigas, y a las no tanto, hasta a la que había intentado quitarnos el novio a las dos sucesivamente.
        Después, de repente, entre la multitud aparece un Guardia Civil con su uniforme verde impecable y su tricornio de charol, el cual después de tres años de no ver y aguantar más que milicianos mugrientos –pobrecillos, ellos no tenían la culpa, bastante lo tenían que sufrir– nos parecía un príncipe de opereta.
 Después, no sé de dónde,  aparecieron dos monjas como las de mi colegio con sus blancas tocas que parecían dos palomas a punto de levantar el vuelo, y para colmo, entre un gentío inmenso teníamos ante nuestros ojos a la a la Virgen de la Fuensanta, sin andas, rostrillo, ni corona, sólo en los brazos de los que consiguieron cogerla. –Que un devoto suyo pudo esconderla los tres años que duró la guerra–.
        Entre toda aquella algarabía vinimos a parar al  pie de la Torre de la Catedral, y allí junto a la veleta en lo más alto de sus 96 metros ondeaba nuestra BANDERA NACIONAL, ROJA Y GUALDA.  ¡Qué hermosa! ¡No recordábamos haber visto nunca nada igual! Aquel trozo de tela nos estaba pidiendo a gritos que la abrazáramos. Y no lo  pensamos más. No sé por qué la puerta de subida a la Torre estaba abierta y por allí nos metimos mi amiga y yo subiéndonos de un tirón sin parar todas sus cuestas y la escalera de caracol hasta llegar a lo más alto de la Torre con sus 96 metros y tocar con nuestras manos la bandera. ¡Esa experiencia no la he olvidado ni creo que pueda olvidarla jamás! Ni comprendo ahora como fuimos capaces de hacerlo.
        Al día siguiente de aquella mañana inolvidable vino mi novio y me dijo que esa tarde entraba en Cartagena, con todos los honores de liberadores, la Cuarta División de Navarra. Que gracias a  su cargo de Jefe de Centuria de Falange Española podía disponer de un coche y podíamos ir a verlos entrar. Yo le pedí permiso a mi madre para ir, y como era lógico me dijo que ni hablar, pero yo tanto le insistí que al fin me dijo que si quería ir sería bajo mi responsabilidad y que si mi padre se enteraba yo me las arreglase como pudiera.
        Así las cosas, a las tres de la tarde salíamos rumbo a Cartagena, Mariano mi novio con sus 21 años recién cumplidos, mi amiga Adela, nuestros amigos Catarineum y Joaquín Chico de Guzmán, y el chófer, en un coche antediluviano que ya fue una suerte que se lo pudieran dejar.
        Llegamos felizmente a Cartagena –y lloviendo – a tiempo de ver la entrada de las tropas en la ciudad y aquello fue espectacular y emocionante –inolvidable–  y después otra vez de vuelta a Murcia.
        Al pasar por El Albujón  fuimos a casa de un labrador del padre de Mariano que nos tenía preparada una merienda y al entrar en el pueblo, al tomar una curva, el coche resbaló en el barro que se había formado con la lluvia de la tarde y estuvimos a un  palmo de estamparnos contra la pared de la iglesia.
        Por fin, después de merendar –como hacía mucho tiempo que no lo hacíamos ninguno– tomamos camino de nuevo hacia Murcia y todo hubiese ido perfectamente a no ser porque en el punto más alto del Puerto de la Cadena nos quedamos sin gasolina ¿qué hacer? Pues a Mariano no se le ocurrió otra idea –en realidad no había otra– que decirle al chófer que parase el motor y dejase ir al coche por su propio impulso y así lo hicimos. Es indudable que nadie se mata si no es su momento.
        De esta forma llegamos a El Palmar y otra Odisea para conseguir gasolina para los cinco o seis kilómetros que nos faltaban. Mientras estábamos parados pensando cómo conseguirlos se nos acercó un militar a pedirnos la documentación; Mariano, muy en su papel, le dijo: “¡Soy jefe de la 1ª Centuria de la Falange!” y el otro contestó “¡Y yo Teniente de la Cuarta División Navarra!” Eran precisamente los que nos acababan de liberar; nos quedamos todos sin aliento. Le contamos nuestra aventura y él mismo se encargó de que nos dieran la gasolina que necesitábamos para poder llegar a casa.
        Lo peor fue que con todos estos avatares llegamos a Murcia a las 11 de la noche, la madre de mi amiga Adela había ido a mi casa a ver si estaba allí, extrañada y preocupada de la hora que era y no había vuelto a su casa y más en un día tan especial como aquel.
        Cuando entré en el salón, mi padre me estaba esperando y no se me olvidará la cara que tenía. Creo que fue la única vez en mi vida que me regañó de verdad, pero cuando le conté todo lo que había pasado lo comprendió y todo terminó felizmente. No podía ser de otra forma.

POR FÍN HABÍA TERMINADO LA GUERRA

ES BONITO RECORDAR (Caldero en La Manga) 1930/1940

Es bonito recordar...

   Creo que mis primeros recuerdos son de los veranos que pasábamos en la playa, en aquel pequeño pueblo de pescadores de no más de 20 o 30 casas, las cuales alquilaban los dueños durante los meses de verano, para conseguir unas pesetas extra para ir viviendo.


 José, el pescador, una bellísima persona así como su mujer Candelaria, algunas veces cuando no tenía que salir a la mar a pescar, nos llevaban  a mis padres y a mis hermanos, y a mí por supuesto, en su barco de vela a dar un paseo por el Mar Menor llegando a veces hasta La Manga. Aquello era increíble. Mientras íbamos en barco, con el aire batiendo la vela, el agua tan azul, las pequeñas olas salpicándonos de espuma y dejando tras nosotros una estela blanca, nos sentíamos algo así como “El Capitán Pirata”. Todavía parece que lo estoy viviendo.

Pero lo mejor era el desembarcar en La Manga. En aquellas fechas, principio de los años 30, era un lugar absolutamente virgen. Allí no había nada mas, y nada menos, que juncos, conchas, algas, lirios silvestres y arena, mucha arena, por todas partes dunas de arena blanquísima, y luego el mar. Dos mares. El Mar Menor y el Mediterráneo, Mar Mayor como se le llamaba entonces, uno a cada lado de aquella estrecha franja suave y mullida. No había nada comparable a la alegría de zambullirse en el agua tibia de un mar, cruzar corriendo los metros, unos 100, de arena que los separaban y volvernos a bañar el otro de aguas más frescas. Aquella sensación era algo único.     
 Así pasaron varios años y tras una guerra por medio, volvimos al pueblo y a la misma casa a encontrarnos con José y Candelaria que como había hecho los años anteriores nos recibía con una gran fuente de pescado frito que acababa de pescar José.               
                                                                                              Ahora ya había luz eléctrica en el pueblo. Otra vez, como hiciera en otras ocasiones, nos llevó a toda la familia incluido mi novio, yo ya era mayor, en su barco de vela a La Manga que seguía estando desierta, a hacernos un clásico “Caldero”. Primero fuimos a “La Encañizada”  escoger el pescado en “los corrales” y después a la playa donde empezó la verdadera aventura.                                                                                                                                                         

Bajamos del Barco y José plantó el trípode de cañas para colgar el caldero de hierro y empezó a cocinar el pescado. Cuando estaba a medio cocer, al caldero le saltó un remache que tapaba un viejo agujero, eran tiempos difíciles y las vasijas se remendaban, y ante el apuro del pobre pescador empezó a salirse el caldo. Como pudo contuvo aquel desastre pero lo peor era que no tenía otro caldero; el punto habitado más cercano era “La Encañizada”, al otro lado del canal o “gola” que comunicaba el Mediterráneo con el Mar Menor, y allá que nos lanzamos a cruzarlo a nado mi hermano, mi novio y yo como si fuésemos tres tritones,  ¡Lo que se hace cuando se tienen dieciséis o dieciocho año.
Los encargados de la encañizada nos prestaron otro caldero y otra vez nos volvimos a lanzar al  agua llegando victoriosos a nuestro campamento, donde José pudo por fin terminar su caldero que por cierto le salió delicioso, dando entre todos buena cuenta de él, y terminando la aventura felizmente. En fin, que fue un día inolvidable.    
                Es bonito recordar          

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